Lagunas Las Verdes

Era esta la primera vez que viajaba a Mérida en plan de montañismo y la primera vez que caminaría a más de 4000 msnm. La emoción nunca la voy a poder describir, los primeros momentos en un lugar desconocido siempre te marcan.

Lo primero que hicimos al llegar a Mérida fue reunirnos en la casita de los guías, llegamos de noche y nos daban las indicaciones para el día siguiente. La ansiedad nos arropaba y nosotros  drenábamos preguntando cuanta cosa se nos ocurría a los guías, además de que ellos siempre tienen algo que decir e historias que compartir.

Dejamos algunas comidas listas para arrancar al día siguiente  y se suponía que íbamos a dormir, pero como la emoción podía más, nos pusimos a revisar libros de montañas que vimos por allí en el cuarto y a proyectar según nosotros cómo sería el día siguiente.

Amaneció y lo primero que debemos hacer después de asearnos es beber una tacita de café –Por favor señores, no se pueden despertar en Mérida con ese clima y esa tranquilidad y no tomarse un cafécito-.   Nos alistamos, y ahora sí, íbamos rumbo al Refugio del Cóndor en Mifafí.  

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Aproximadamente 3 horas de camino desde donde estábamos. En este recorrido íbamos extasiados con tanto verde de páramo, gigantescas e imponentes montañas andinas y todas nuestras, de esta tierra que no se cansa de sorprendernos. El autobús te deja en toda la entrada y debes caminar como 10 minutos hasta el Puesto de Guardaparques para hacer el respectivo registro (A dónde vas, cuantos días, si sabes la ruta, números de teléfono, etc).

Dejamos todo listo, y arrancamos la caminata con rumbo a “Las Lagunas Las Verdes”, no exagero cuando les digo que no pude haber tenido una mejor “Primera vez”, no tenía ni idea de cómo sería la ruta ni con cuales paisajes nos encontraríamos -preferí no buscar ninguna imagen en redes sociales, páginas de internet,  ni ninguna información de la ruta, me quedé con la información de los guías, iba dispuesta  a sorprenderme- y aquello fue mágico.

La ruta es muy sencilla, siempre siguiendo las instrucciones de los guías, cosas como caminar muy lento –por eso de que es más difícil caminar a 4000 y pico de metros sobre el nivel del mar-, tomar agua muy seguido, etc. Nosotros parecíamos niños con juguete nuevo, tomando foto a cuanta florecita, piedrita, vaquita, todo lo que se nos atravesara por el camino iba a ser fotografiado.

Como a hora y media de camino llegamos a la primera Laguna, ¡¡¡Wooooow!!! ¡¡No lo puedo creeeeer!!, inmensa,  con una mezcla de colores tan perfecta que se te queda tatuada en la mente, la emoción de estar ahí era incontrolable, no sabes que hacer, no sabes que decir, provoca fundirse con el paisaje y quedarse inmerso en esta tranquilidad por siempre. 

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Pero debíamos seguir, nos esperaban aún otras dos lagunas, tan increíbles como las anteriores. Los guías nos comentaron que la energía del lugar es tan pura que hay gente que asegura haber visto y oído “cosas extrañas” –lease duendes-, yo soy muy escéptica y muy muy miedosa- con ese tipo de temas.

De regreso, llegamos a comer e instalar campamento. ¿Recuerdan cuando les dije que habíamos dejado comida preparada?, bueno, era el momento de sacarla, calentarla y comer. Pero Oh sorpresa!, por alguna extraña razón no pudimos encender la cocina esa noche así que – prepárense para lo que van a leer- , tuvimos que sacar la pasta fría de la ollita donde venía –estaba congelada y tenía la forma de la olla-, repartir los “trozos tiesos” en cada platico, abrir una lata de sardina y comer –pero créanme que en la montaña todo sabe a gloria y esta no fue la excepción.

Tomamos algunas foticos más, nos pusimos la ropa necesaria para mantenernos calentitos durante toda la noche  y nos  refugiamos en las carpas.

Pasaron algunas horas yyyyy…Otro regalo de la naturaleza, otros minutos de “no saber cómo reaccionar”, era por muchísimo la noche más estrellada que había visto en absolutamente toda mi vida, podía ver todas las constelaciones, trazar mentalmente dibujitos, ver estrellas fugaces, aquello era tan perfecto como inimaginable. Nos cuestionábamos  ¿Cómo es que todo podía fluir tan excelentemente bien en un viaje?. La montaña nos trató como reinas y reyes, desde ese entonces, volver se nos ha hecho cotidiano.

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Lo cierto es que en esta excursión, la realidad te supera y te deja sin palabras, recuerdo muchísimo la frase “Las mejores cosas de la vida, no son cosas”, juro que en este viaje eso fue literal.  Lo recomiendo muchísimo, no necesitas ser un gran montañistas y haber subido un montón de montañas para hacerla, basta con entrenar un poquito, contratar a un buen guía, y empacar todas tus ganas.  

PD: Todas las bendiciones del mundo para quienes en aquella oportunidad compartieron el viaje conmigo y tomaron las fotos que publiqué en el relato, Rebeca León, Juan Perffetti  y Peter Espinel. Ahora más que amigos somos una familia llamada Café Naiguatá de la que seguramente les hablaré más adelante.

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