¡Gracias Tucacas!

Yo vi a la luna amanecer…

En contados momentos me he sentido tan sereno y presente en el mundo como cuando cerré los ojos y me perdí en el transcurrir que comprende el viaje en peñero al regresar del cayo Sombrero, uno de los varios que integran el Parque Nacional Morrocoy, ubicado en la capital del Municipio Silva: Tucacas. Sentí la constante, consecuente y variada interacción entre la lancha y las ondas de agua salada que rodean manglares, islotes, costas y muelles por igual, sin ningún tipo de juicio o preferencia; respiré conscientemente el aire puro del Caribe, sintiéndome sublime, casi parte de las plateadas nubes que flotando, sin prisa ni pausa, parecían difuminadas bajo las últimas luces fluorescentes, producto de la danza de fotones y gases gracias a la música producida por la orquesta que forman el sol y nuestra atmósfera; en ocasiones abrir los ojos y observar el horizonte (esa línea imaginaria constantemente interrumpida por islotes y manglares de aparente virginidad y atemporalidad), fue meditar, dejar la mente tranquila. Hacer todo esto en quince minutos fue lo mismo que mezclarme con aquel lugar. Con el espíritu de Tucanca.

Tucacas, capital del municipio José Laurencio Silva se ubica en una zona limítrofe entre el estado Falcón y Carabobo, perteneciendo geográficamente al primero si bien cerca de doscientos años atrás formaba parte del estado Lara, alrededor de la época donde la Corporación Bolívar (de propietarios británicos) estableció la primera estación de ferrocarriles en Venezuela, la cual conectaba a Tucacas con Aroa, zona minera perteneciente a la familia Bolívar ubicadas en el estado Yaracuy. Son conservadas como parque nacional hoy día, aunque explotadas por cobre poco después de la muerte del Libertador hasta mediados del siglo pasado.

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Si les resulta tan interesante la etimología como a mi, el nombre Tucacas debió ser lo primero que les llamó la atención, por lo cual me di a la tarea de buscar y acceder a la documentación del cronista de la región, Cruz Enrique Otero Duno, quien gracias a una exhaustiva investigación pudo encontrar varias anécdotas de una princesa indígena tan hermosa como rebelde llamada Tucanca. Cuentan las leyendas que pertenecía a la tribu del cacique Cumarebo, y no era precisamente su actitud lo que la hacía una princesa. Siempre una hermosa niña, era mimada por su padre quien albergaba un puesto de altura en el grupo inmediato del cacique Cumarebo. A Tucanca le gustaba el alboroto, siempre molestaba a los niños con los que jugaba (una de las anécdotas cuenta que preparó un brebaje con cierta planta corrosiva y la hizo beber a varios que luego corrieron despavoridos. Inconvenía a las personas de y molestaba a los animales sin importar la tonalidad del cielo.

Eventualmente creció, llamando la atención y necesidades físicas de los integrantes de la tribu por su hermosa figura, pero fiel a su personalidad explosiva a los dieciséis años decidió casarse con un guerrero indígena de su tribu llamado Urupagua, quien con sus cuatro décadas y una cabellera que barría el suelo, la conquistó (o viceversa) para posteriormente poner rumbo a la costa, donde le pusieron su nombre a todo el territorio comprendido desde, al norte, el cerro Morrocoy con islas y playa incluidas, hasta el río Yaracuy, al sur; y de este a oeste, desde el archipiélago Las Tucacas hasta las vertientes del río Agua Linda. Allí, Tucanca y Urupagua concibieron y criaron a sus hijos: Aroa, Aragüita, Izate, Paiclá y Suanche. Se dice que Tucanca tenía un dominio sobrenatural de la fauna y la flora en ese lugar (nuestra Pocahontas criolla), y era la ocupante de un trono hecho de leños caídos frente a la costa, donde disfrutaba del reventar del mar bravío, recordando su fortaleza. Habitualmente, cuando iba cubriendo la noche, llamaba a sus hijos desde lo que hoy es Punta Brava a través de un grito que se esparcía por todos los manglares, para luego regresar en canoa a las cuevas que les servían de guarida.

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Como en toda buena historia, es necesario un acto
de presencia de la desgracia. Para Tucanca, ésta no sería sentida sino hasta después de retornar de una visita a los indios Mapubares a orillas del río Tocuyo cuando piratas llegaron a saquear y destruir toda la costa, robándose en el proceso tanto recursos como vidas, incluida la de algunos de los lugareños y su pareja, Urupagua. Fue así que Tucanca, después de clamar iracunda por una retaliación divina, se dispuso a peregrinar a los valles de Aroa, donde fue a buscar la paz que perdió con el perecer de su protector. Después de eso, se acaban los cuentos de la indígena rebelde. La ironía del destino quiso que muchos años más tarde bajo la presidencia de Antonio Guzmán Blanco en 1877, se hiciera la primera línea ferroviaria en Venezuela, que conectaba a las minas de cobre de Aroa con los puertos de Tucacas con fines de explotación y exportación de minerales.
Encuentro especialmente interesante la historia de Tucanca, aparte de la paradoja evidente, pues hay varias características similares entre la patrona y los habitantes del lugar más de 500 años después. Los tucaqueños son en su mayoría gente bonachona, divertida y de buena disposición, invulnerables a la inclemencia de los rayos ultravioleta y con una disposición a servir y ganarse el pan de la manera más idónea. Lancheros, vendedores ambulantes, masajistas, cocineras… Observé en todos ellos la idiosincrasia del costeño, no sólo bajo la camaradería y confianza tan laureada por venezolanos y extranjeros, sino también en esa especie de viveza que algunos acostumbran llamar ‘criolla’ y podemos observar en los relatos del carácter de Tucanca cuando joven. Otero nos cuenta que: “El sorprendente carácter de Tucanca la conminó una vez a untarle excrementos humanos a unos tubérculos de hacer pan, desamarraba las canoas en la orilla de la playa para que las olas las rompiesen contra los riscos, reñía con todos los compañeros y apaleaba los animales domésticos. La criatura era tan insoportable que hasta los grandes del reino tenían quejas contra ella. Cuentan que Tucanca tomó a escondidas un arco provisto de dardos envenenados, disparó contra un conjunto de cerdos y alanceó al padrote causando el desaliento del propietario de la manada.

La niña no era castigada ya que gozaba de consideración a causa de sus pocos abriles y porque era la hija mimada de una de las personas más influyentes y de mayor prestigio en el ánimo del gran cacique Cumarebo. A diario Tucanca ejecutaba malas acciones que los habitantes de la aldea tenían que soportar con humildad y paciencia. El concepto de “joder” es precolombino. No es fácil hablar de personas como lo es de paisajes, pues los individuos tienen una carga cualitativa tan enorme como distinta del prójimo, pero me facilita la tarea saber que hay grupos de personas que pueden ser descritas. Para ejemplificar, podría mencionar aquellos que si bien se encargan de mantener y proveer servicios para ganarse la vida, aprovechan asimismo descuidos de turistas entretenidos y maravillados para despojarlos de sus objetos de valor, personajes que al principio pueden parecer detestables, pero quedan como ángeles del cielo al ser comparados con los más temidos, aquellos ignorantes, incapaces de discernir entre el valor que comprende una vida y un teléfono de alta gama (muchas veces la carencia del aparato puede salir más cara que su obtención).
De éste tipo de personas nadie está a salvo en el mundo entero, pero la impunidad y libertad con la que son cometidos dichos actos en esta parte del mundo es espeluznante. Las fuerzas del orden, que en otros países (se supone) se encargan de regular los abusos entre ciudadanos y mantener la paz, aquí están defendiendo a los que agreden, porque son los que albergan el poder. Carecemos de una necesaria atención y devoción por resguardar a los locales y turistas de aquel nefasto grupo que, si bien pequeño, no ha encontrado barreras que detengan su crecimiento, aunque sin saberlo dañen a las personas que enriquecen su entorno.

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El espíritu de los piratas que le arrebataron todo a Tucanca aparentemente sigue y seguirá morando por sus costas, pero nunca será más fuerte ni grande que todo lo que es cubierto por la naturaleza. Esas ondas de agua salada que rodean manglares, islotes, costas y muelles por igual, sin ningún tipo de juicio o preferencia; ese aire puro característico del Caribe; las multitudinarias nubes plateadas que, sin prisa ni pausa, siguen y seguirán rociando de vida aquel parque donde mora la naturaleza, donde la malicia y avaricia del hombre sólo son permitidas hasta cierto punto; donde todavía se puede encontrar la comunión entre Tucanca y el mar, los animales y las plantas; Ella, que desnuda como siempre lo estuvo, me saluda con un soplo cálido y pegajoso en la cara, cual beso materno y protector; ella que convierte botes en hamacas de madera, al chocar las olas contra la embarcación y hacerme sentir en equilibrio con lo que me rodea; ella que nos recuerda regresar antes de la puesta de sol (con jejenes y mosquitos si no atendemos su llamada), con su grito sordo, que retumba en todos los manglares y como sus hijos hace ya mucho tiempo, acatamos fielmente. Quizás no por las mismas razones.

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